demos la bienvenida a los caminantes

En una corriente centrípeta, los indignados vuelven hoy al kilómetro cero de su protesta como colofón a las marchas que han recorrido España desde Cataluña, País Vasco, Galicia, Valencia, Andalucía, Extremadura y Murcia. El movimiento no ha hecho otra cosa sino caminar desde aquel 15 de mayo en el que se constituyera en la vanguardia activa de los anhelos de una sociedad que asistía inerme al rodillo que le pasaba por encima. Esos perroflautas, como despectivamente fueron tildados por los defensores de un orden social que siempre les favorece, han desvelado cuan desnuda estaba una clase política que ni con gafas progresivas acierta a corregir su miopía.

En este punto del camino, estos insumisos a la más tiránica que invisible mano de los mercados han demostrado que no necesitan recurrir a la violencia, porque van del brazo de la verdad, que como decía Machado sigue siendo verdad aunque se piense al revés. Ni están fuera del sistema ni quieren acabar con él; lo único que reclaman es que sea justo y democrático. Son reformistas, aunque las estructuras que quieren regenerar son las que permiten que sean siempre los mismos quienes paguen los platos rotos de la fiesta y limpien las manchas de Château Lafitte de las alfombras.

Su escala de valores es muy elevada. Impedir el desahucio de familias arruinadas y sin esperanza puede que sea ilegal pero es un acto solidario y con más carga moral que la que podrán acumular a lo largo de su vida ciertos banqueros, que ejecutan todas las sentencias menos las que les inhabilitan para seguir llevándoselo crudo o en su punto pero con bonus. Recuerden la última vez que han hecho algo por alguien a quien no conocían a cambio de nada y comprobarán la generosidad que encierran estas acciones.

En sólo unos meses han conseguido que se deje de ver como normal que algunos votos valgan más que otros, que la corrupción quede impune, que señores que van en avión privado al médico a tratarse los orzuelos exijan el copago en la Sanidad pública o que se amplíe la edad de jubilación con un paro juvenil del 50%. Demos la bienvenida a los caminantes.
Juan Carlos Escudier

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