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Oímos hace tiempo en una tertulia que “ya sabemos los criterios éticos que rigen en un entorno empresarial son distintos y menos exigentes que los que empleamos en otros entornos”. Es decir, estamos más dispuestos a hacerle una faena a un colega o cliente que a un amigo o familiar. La razón esgrimida es que “en la empresa nos va el trabajo o la promoción, y todo el mundo es con eso mucho más intransigente y egoísta”. ¿Hasta el punto de transigir en los principios éticos básicos? ¿Estamos más dispuestos al engaño y a la injusticia, por eso? En una buena parte, con los matices o excusas que cada uno acabe poniendo, parece que sí… Es una desgracia, y es disfuncional y preocupante. Veamos por qué.

Primero porque por este camino acabaremos haciendo la vida en la empresa más incómoda, mas calculadora y al final menos eficiente. Todos estaremos permanentemente en alerta para perjudicar al vecino en beneficio propio cuando tengamos oportunidad y así supuestamente mejorar profesionalmente. Porque “¡es que es la jungla!• Pero los demás acabaran haciendo lo mismo, y como tontos no son… usaremos una parte importante del tiempo tramando y retramando. Al final, seremos menos competitivos como empresa para aprovecharnos individualmente.

Segundo, porque las prácticas que devienen rutina en la empresa acaban por transcender a la sociedad en general. El resultado, una vida social más incómoda y menos disfrutable, algo que al final nos afectara a todos, en todas las parcelas de nuestras vidas. No nos engañemos; las personas somos las mismas en la empresa y fuera. Si hoy le hago una mala jugada a un colega ¿por qué no mañana al cónyuge, o al amigo? Lo que produce resultados inmediatos es más tentador… y las malas prácticas son las que acaban imponiéndose.

Tercero y fundamental, porque no sólo haremos nuestras vidas menos atractivas, sino que estaremos, obviamente, cada uno, socavando nuestros principios éticos básicos, volviéndonos, por aquello del habito, mas falsos, mas injustos, mas… Más desgraciados, en definitiva. Un mal negocio se mire por donde se mire. Y , sin embargo, creyéndonos cada uno más listo que los demás, en esto estamos. ¿No es hora de una rectificación colectiva?

Rafael Andreu y Josep M. Rosanas. La vanguardia 17/05/2011

Hay escenas que resultan encantadoras por su ingenuidad. Baudelaire recordaba el escándalo de una prostituta incapaz de ver sin sonrojarse los desnudos de una obra de arte. Era una imagen divertida para aludir a la ingenuidad de algunas personas y al cinismo de algunos escándalos sociales. La soberbia, que es la condición del que se cree superior a los demás, provoca a veces el mismo efecto que la ingenuidad. Un soberbio, sin conciencia de su estado, puede vivir situaciones tan ridículas como una prostituta escandalizada por la amoralidad estética.

Leer más: El respeto y la Justicia. Luis García Montero. Publico.